
Ecos del Encuentro de Culturas Vivas Comunitarias en Castilla
En el marco del Séptimo Congreso Latinoamericano y Caribeño de las Culturas Vivas Comunitarias, la Comuna 5 de Medellín se consolidó como un espacio de reflexión profunda sobre la actividad de “Salud y buen vivir”. A través de los círculos de la palabra, quedó en evidencia cómo las huertas urbanas trascienden su dimensión física para convertirse en un tejido vivo de relaciones, memorias y aprendizajes comunitarios.
La historia de la siembra comunitaria en este sector de Castilla está íntimamente ligada a las dinámicas habitacionales de la ciudad. Muchas de las familias que hoy habitan las laderas llegaron tras enfrentar procesos de desplazamiento forzado por el conflicto armado o tras reubicaciones de sectores como Moravia. En este escenario complejo, iniciativas como la “Dominga Huertera” nacieron para fomentar el encuentro, realizando sancochos comunitarios para integrar a los habitantes. Aunque estos procesos atraviesan ciclos naturales de debilitamiento por falta de apoyo institucional, la tierra misma enseña su dinámica de “nacer, crecer y morir”.
Durante el encuentro, la premisa fundamental fue comprender que el cuerpo y el territorio están intrínsecamente conectados. Bajo el entendimiento de que el autocuidado implica el cuidado del entorno y que “somos lo que comemos”, se destacó la urgencia de recuperar las prácticas campesinas, el consumo responsable y el cuidado de las semillas. Los saberes ancestrales de las abuelas y el conocimiento profundo del ecosistema se posicionan como las herramientas principales para garantizar la autonomía de las comunidades y la defensa territorial.
Más allá del cuidado ambiental, estas iniciativas configuran un ejercicio de acción e incidencia política. La autogestión y el diálogo horizontal permiten que la comunidad tome decisiones incluyentes y forje “pactos por el bien común” sustentados en la solidaridad y la corresponsabilidad. El verdadero “buen vivir” se definió como un estado de equilibrio entre el pensamiento, la palabra y el territorio, entendiendo que toda acción individual tiene consecuencias en el ecosistema colectivo.
La jornada dejó una metáfora poderosa para el trabajo social: cada individuo es una semilla que, al ser sembrada en un entorno propicio, tiene el potencial de crecer, transformarse y nutrir la vida colectiva. Así como la huerta exige tiempo y cuidado constante para dar frutos, los procesos de transformación barrial requieren del compromiso inquebrantable de quienes sostienen y defienden el territorio a lo largo del tiempo.




